Domingo, 09 de junio de 2013

Muy buenas lunas, mis lectores. Hoy ls vengo a traer la revisitación de otro texto que ya había publicado previamente. Se trata de Tlamatini Cuauhtli, un relato de corte post apocalíptico. No olviden comentar. Saludos cordiales.

Tlamatini Cuauhtli

Tlamatini Cuauhtli, el sabio águila, retozaba tranquilamente sentado sobre una roca, en la cima de un monte cuyo verdadero nombre se perdía en los anales de la historia, pero que algunos solían llamar el Cerro De Las Mil Mentiras. Nadie excepto Tlamatini Cuahtli subía a él desde que los más ancianos y primigenios antepasados Aztecas le abandonaran. Se contaba que quien intentaba subir, indefectiblemente desaparecía para nunca más volver a pisar el mundo de los hombres.

 

Por eso Tlamatini Cuauhtli había elegido ese lugar, alejado del ruido de las máquinas destructivas que sus nietos y los nietos de sus nietos habían traído. Porque el gran sabio águila había vivido mucho tiempo, muchas eras. Era viejo como vieja era la invasión española, o quizá un poco más, y por ende había conocido aquellos tiempos en que los ruidos de las ciudades y los autos, las televisiones y las radios, no pervertían la tranquilidad del mundo.

 

Recostado sobre la roca, Tlamatini Cuauhtli pensaba en los tiempos que corrían, en los que habían pasado, en los que pasarían. Tanto tiempo y sin embargo, estaba por acabar. Se terminaría toda la sangre derramada, toda la muerte inútil, las guerras por territorio entre sus antepasados; las batallas para arrebatar esos mismos territorios obtenidos con sangre, por parte de los españoles. Luego los mismos pedazos inservibles de tierra, exigidos por los insurgentes, mancillando el suelo de sangre española e indígena. Luego el deseo de convertir esas tierras, y a su gente, en azúcar, cacao, henequén y tabaco, la esclavitud y más sangre. Una revolución que dejó a su gente, a su amado pueblo, igual de pobre pero más aterrorizado y medio muerto. Y hoy día, el peor de los males, el dinero, suplantando todo y a todos, volviéndose más valioso que la mismísima personalidad, que el espíritu del hombre.

 

Pero todo iba a acabar muy pronto. Sus hermanos mayas lo habían previsto, la fecha estaba cerca, el quinto sol estaba por entrar. Por eso descansaba tranquilamente. Quería que el fin le pillara tranquilo, fresco, casi con la fuerza de un joven. Sabía lo que estaba por acontecer, reconocía lo pequeño de su sabiduría comparada con la de los dioses.

 

A lo lejos, un eco hizo cimbrar el aire. La furia del sol se comenzó a hacer notar. El calor, abrazador desde ya hace una semana atrás, había hecho explotar algo en el centro de la ciudad, de forma indudablemente accidental. Él conocía que los hombres buscaban agua, destruir la ciudad sólo podía significar arriesgar los pocos suministros restantes del vital líquido. Tlamatini Cuauhtli viró ligeramente la cabeza para mirar a lo lejos, con la precisión del animal que le daba nombre, el estado de la ciudad. La gente corría por las calles. Los gritos de los heridos llegaban hasta él, y el estertor de agonía de una niña penetraba la distancia hasta reverberar en el mismísimo ambiente. Luego otra explosión, y otra. Al final la imagen de un grupo de camiones verdes y negros, hombres con casco y gorras y el sonido de disparos, anunciaron a Tlamatini que el hombre había hecho lo de costumbre, asesinar, matar, destruir. Lo mismo se podía presenciar en cada una de las ciudades, según podía sentir Tlamatini, en contacto con el espíritu de la Tierra. De una semana a la fecha, gracias al aumento de las temperaturas, escenas como esa se habían repetido por cada rincón del mundo. La limpia, le llamaban algunos. El Apocalipsis, le decían otros. El último katún, le llamaban sus hermanos los mayas. Destrucción anunciando el fin. La naturaleza destruía todo lo creado por el hombre. Lo poco que quedaba el hombre mismo se ocupaba de destrozarlo.

 

Y así sería, dijo Tlamatini para sí mismo. Conocía el resto, el hambre, la decrepitud y la extinción. Así que después de pasar el día entero sobre la roca, en ayuno, expectante, bajó. Caminó el sendero que le conducía a los restos de la ciudad, con una agilidad propia de alguien menos senil. En su mente, reconocía la idea de que posiblemente ahora estaba sólo en la Tierra, o que lo estaría pronto.

 

Con la sabiduría característica de él, afrontó su destino silbando. Si, era sabio. Por eso era el último humano, y al final, cuando fuera con los Dioses, podría comunicarles lo bien que había observado todo, y cómo se había convertido en el cronista de sus hermanos. Pero ahora era necesario entrar a la ciudad, comprobar la muerte y sentarse a esperar su fin.

 

La entrada a la ciudad fue difícil, incluso para él. Cuerpos achicharrados o con impactos de bala por todo el lugar. Niños, mujeres y ancianos, junto a hombres robustos y jóvenes, yacían despatarrados por el suelo. No pudo evitar derramar una lágrima por el fin de sus hermanos.

 

Pero entonces, antes de doblar una esquina, escuchó un pequeño ruido, como de pisadas. Acaso algún sobreviviente a punto de morir de calor, pensó. Impelido por su instinto a esconderse, observó.

 

Un hombre caminaba lentamente a mitad de la calle, cargando un bulto. No, un bulto no, una mujer. Una mujer joven, aún con vida. Y eso no era todo. Lentamente, muy lentamente, otros pasos se dejaron escuchar. Lentos, pero firmes. Había más supervivientes, más seres humanos. Tlamatini se habría emocionado, pero comprendía que eso sólo significaba esperar hasta que se mataran entre sí.

 

El hombre avanzó hasta llegar a la esquina, y al percibir movimiento, volteó a ver al anciano. Sus rostros se encontraron frente a frente, pero para asombro del anciano, el hombre no lo vio con furia, ni odio, ni siquiera dolor. Lo miró con una expresión única, que no había visto desde hacía siglos atrás. Le miró con bondad. Con una bondad que sin ser santa, era sincera. Observó al grupo completo. La misma mirada se apreciaba en todos los demás, la misma expresión.

 

El hombre se acercó y tomando una de sus cantimploras la entregó al anciano. Aún con la escasez, aun sabiendo que un litro de agua quizá en ese momento era un tesoro, aun así un acto de amabilidad había sido hecho. Sin interés, sin malicia, sólo un acto de bondad.

 

Él se unió al grupo, ayudando a cargar a un niño pequeño, todos le miraron con regocijo. Siguieron caminando, alejándose para no volver a la ciudad. Y entonces Tlamatini Cuauhtli rió como nunca había reído en toda su existencia. Con júbilo, alegría, casi con locura. Reía porque se había equivocado. Reía porque pudo ver el fin de los tiempos y sobrevivir. Reía porque el fin había sido el verdadero inicio. El de una humanidad evolucionada, sin odio, sin maldad. Y en esa humanidad se hundió Tlamatini Cuauhtli, mientras sentía cómo el calor bajaba y con un hálito de esperanza, feliz de equivocarse como sólo los sabios hacen, bendijo la llegada del quinto sol. Y poco a poco, el mundo por primera vez se volvió un mundo donde fuera posible vivir.

 

 

FIN


Publicado por BaalElCainita @ 5:26
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